De repente paró de llover. Ya no hay noches frescas. La luz tardía me lleva a merendar a las 21 y a cenar un par de horas más tarde. No hay casi nada en la heladera, salvo una botella de Veuve Clicquot y una torta de Alcazar. Casi nada. De los ventanales de casa las marionetas saludan al sol. Escribo, bebo té, como queso y pruebo los cada vez menos frecuentes sorbos de vino. Cuesta dormir. Cuesta trabajar. Cuesta escribir. Por las terrazas de Madrid miro la gente pasar. El calor no solo afecta a las hormigas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario